No todos podríamos soportar la presión de dirigir a un país. No se trata de
las críticas de la oposición, con las que tiene que lidiar todos los días, en
el congreso y en los medios de comunicación. Tampoco se trata de los procesos
judiciales que cada día se intentan abrir, de manera malintencionada, a ver “si
cuela”, y el juez la admite a trámite, con lo cual la oposición gana como
mínimo un titular y, en el mejor de los casos, una imputación, que, lejos de
traducirse en una investigación judicial, como corresponde a los juzgados en el
ámbito de sus competencias, se convierte en una presión insoportable, en la que
se pide la dimisión, olvidando la presunción de inocencia. Estamos
acostumbrados (más bien hartos) de ver cómo la oposición se preocupa únicamente
de desgastar el gobierno en lugar de pensar en el bienestar de la ciudadanía.
Hemos convertido nuestro estado de derecho en un circo donde hay jueces
progresistas y conservadores, pugnando políticamente con el disfraz de poder
judicial y bajo el paraguas del tribunal constitucional. En esta cuestión el
líder de Ciudadanos, Albert Rivera es el político más claro y contundente a la
hora de denunciar la falsa separación de poderes legislativo, ejecutivo y
judicial en nuestro país. Y más aún, cuando muchos de los altos funcionarios en
lugar de obtener la plaza a través de un concurso de oposición donde haya primado
la capacidad y el mérito de manera objetiva, lo que ha primado ha sido el
amiguismo que luego se tiene que “devolver” a lo largo de toda la vida
profesional, prostituyendo más aún, si cabe, la profesión.
Tampoco hay que olvidar que para los partidos políticos encontrar el
equilibrio de poderes, es misión imposible y, las zancadillas se convierten en
el camino inevitable para conseguir algo, teniendo el enemigo en casa, el
político se preocupa de sobrevivir más que a gestionar.
Pero tras todos estos escollos, el presidente debe pensar en los
ciudadanos. Parece que nos olvidamos de lo importante cuando pensamos en el día
a día de los políticos. Y el problema más importante en estos momentos para la
sociedad es el desempleo y toda agonía que se deriva de la situación de los
parados.
Cada partido tiene su fórmula, cada partido ofrece su solución (que hipócrita
e ingenuamente no es la no quieren ni pueden aplicar) y, dentro del mismo
partido, cada uno también tiene su propia visión. La paciencia y determinación
que necesita tener el presidente es sobrenatural. Pero Rajoy ha demostrado que
era posible salir de aquella situación en la que nos había dejado el PSOE para
caminar entre un valle que aunque largo parece que conduce a buen puerto.
Ahora Rajoy tiene otra asignatura pendiente. Muchos somos los que le
reclamamos más democracia interna, pero parece que nuestro presidente tiene un
plan trazado que ejecuta lentamente, con el lema “todo a su momento”. No acepta
primarias, no acepta un militante, un voto, no acepta imposiciones de líderes
regionales. Nunca lo ha hecho y parece que nunca lo hará. El tiempo dirá si ha
sido un craso error o un gran acierto.
Mientras tanto, el inquebrantable presidente escucha, pero sigue en su
dirección inequívoca hacia una España mejor. No aceptará referéndums de los
catalanes, ni tampoco de los militantes de su partido. Realmente no acepta nada,
y, asume indirectamente la responsabilidad de cualquier error que pueda
cometer. Hay que reconocer la valentía, la osadía y la eficiencia de Rajoy,
aunque también su testarudez.
Pocos esperaban que con los casos de corrupción a nivel nacional y
autonómico el Partido Popular consiguiera mejorar sus resultados en las últimas
elecciones generales, pero parece que los ciudadanos se han hartado de la
persecución política a la que han sido sometidos los dirigentes populares y,
los que intentan gobernar, tendrán que demostrar que saben hacer algo más que
criticar, tendrán que ofrecer soluciones reales a los problemas de la
ciudadanía. Y en eso, nadie gana a Rajoy.
Ahora, ante el inminente congreso parece que Rajoy no quiere grandes
cambios. Ninguno dirían algunos. No por el buen resultado que le han dado sus
ministros y demás cargos funcionales y orgánicos del partido, sino por el buen
resultado que le ha dado seguir su propio criterio. Pero, el tiempo nos dirá si
ha sido un acierto no escuchar a las diferentes sensibilidades de su partido,
los más conservadores, los más regeneracionistas y los más moderados.
Está claro que no puede trabajar con las medias aritméticas de los
diferentes sectores que existen en la militancia o incluso del resto de la
ciudadanía, pero sí se puede trabajar cediendo en ocasiones ante las diferentes
opiniones de los que también saben, y, con su buen hacer contribuyen al
proyecto popular. Pero una vez más, y, sin ninguna prepotencia, Rajoy seguirá
con su plan, con independencia y determinación, por encima de los que le
quieren fuera, y, de los que cuestionan a sus torres, a sus caballos y a sus álfiles.
El tablero de ajedrez que ha instaurado tiene infinitas posibilidades y, un
mal movimiento será aprovechado por los de dentro y por los de fuera para derrocarlo.
Las piezas son muy vulnerables en los tiempos que corren. Las reinas morirán
pronto, pero el juego no acaba hasta que muere el rey, y de momento los que
están en jaque son el PSOE y Podemos.
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