jueves, 28 de julio de 2016

El voto del miedo



Hace muchos, muchísimos años que el Partido Socialista ha venido practicando el voto del miedo para con el Partido Popular. En el 96 en sus campañas electorales vaticinaban el fin de las pensiones para los jubilados y todos recordamos el perro agresivo con el que caracterizaban al futurible partido popular si llegaba al gobierno. Nada más lejos de la realidad que consiguieron acelerar la economía y garantizar las pensiones por encima de los niveles socialistas, sin olvidar el contexto económico mundial que también progresaba, aunque lo hizo por debajo de lo que España consiguió con el Partido Popular. Lo inverso que luego consiguió el PSOE que retrocedió con niveles superiores a los europeos. Quizás esa es la diferencia más significativa entre los dos partidos que han gobernado España en la democracia.

Estos días el gobierno británico ha querido infundir el pánico entre sus ciudadanos con la salida de la Unión Europea. La campañas electorales deben servir para explicar no para aterrorizar. Todos sabemos que, tras la salida, habrán nuevos pactos como el espacio Schengen donde los británicos podrán circular libremente a través de la UE como lo han venido haciendo hasta ahora. Igual que mantuvieron su moneda, y con la libra podían comerciar con el euro, con los pros y contras que la implícita volatilidad conllevaba, al igual que hacen los países no europeos como EEUU con el dólar cuya supremacía actúa indiferente frente al euro.

Ahora lo seguirán haciendo y, aunque se abre una nueva etapa, no es una etapa negra, sino diferente, con nuevos pactos que beneficien a las dos partes. Es un craso error intentar infundir miedo ante unas elecciones. El Partido Popular lo ha venido sufriendo sin fundamento y con mucha tristeza como parte de la estrategia electoral del PSOE. Los resultados a la vista están: el PP ganó las elecciones y ahora los ciudadanos del Reino Unido no se ha dejado amedrentar por las amenazas de su gobierno actual, apoyando el Brexit. No entraré a valorar si han salido beneficiados tanto ellos como la UE, pero lo que sí defiendo es la libertad de los ciudadanos para elegir su futuro sin condicionantes. Además antes de analizar las consecuencias de la salida, debíamos analizar los motivos que les han llevado a querer salir de la U.E.

En España han venido sucediendo dos acontecimientos por los que algunos estrategas también han querido infundir el miedo. El primero es el movimiento independentista catalán. Habrá que abordar la cuestión de la constitucionalidad o soluciones como nuevos pactos fiscales o nuevos modelos estatales. En cualquier caso, cada uno tiene legitimidad de defender una postura o actuación, eso sí, dentro de la legalidad vigente, explicando a la ciudadanía las repercusiones. No hacer nada no es una solución y apelar al temor tampoco lo es. Necesitamos diálogo y estudios rigurosos y objetivos de las consecuencias económicas, políticas y sociales a corto y medio plazo. 

Finalmente otro caso ha sido el del Partido Podemos (o como se llame en cada convocatoria y en cada lugar). No debemos estigmatizarlos como “los malos”. Así han llamado siempre los socialistas a los populares pensando que estaban en la posesión de la verdad. Ahora sería un error pensar que vuelven a existir los buenos y los malos. Con una sociedad tan compleja y avanzada tecnológicamente, con una democracia consolidada que cuenta con los medios tan plurales, los ciudadanos pueden acceder a toda la información y ya no funciona el voto del miedo. No es buena estrategia. No consiguió nada en España  a finales del siglo pasado cuando ganó las elecciones el Partido Popular ni en este siglo con Podemos. Cada partido tiene unas ideas que debe explicar y defender, no un adversario al que atacar.

Quien argumente con miedos es que ya no sabe cómo argumentar, muestra su debilidad, sus complejos y su rendición ante lo inevitable. Los representantes políticos no deben perder su ilusión en defender sus principios, que son dignos y respetables, igual que los principios de los partidos rivales. Es una competición, pero no todo vale. Juguemos limpio, seamos dignos porque ahora más que nunca los ciudadanos necesitamos que los políticos se respeten entre ellos.

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