Somos muchos los que abogamos para que se aplique en nuestro país el famoso sistema de doble vuelta en las elecciones. Así nos evitaríamos casos como los que han venido ocurriendo en Gandia en las últimas legislaturas donde los partidos menos votados, con representación, tienen las llaves del gobierno. Si en la anterior legislatura fue el BLOC, que al aunque a muchos no les gustara que tuviera la capacidad de decidir o cambiar el gobierno local, hay que reconocer que aportó buenas iniciativas a un gobierno cansado y falto de ideas como es el del Sr. Orengo. Fueron muchos los que quedamos atónitos cuando la composición fue la de un gobierno local donde los que decidían eran los menos votados y el alcalde era una persona que no iba en cabeza de ninguna lista.
No menos extraña es la composición del actual gobierno donde el Sr. Mut anteriormentde disfrazado de los colores del partido popular se ha despojado de cualquier ideología y colabora fervientemente con el PSOE acaparando poder cuya amoralidad queda fuera de toda duda.
Ahora bien, si poco nos gusta que un partido artificial y usurpador como PdG pueda decidir si gobierna el PSOE o el PP, no menos grave es que en una segunda vuelta como es el caso de las elecciones presidenciales de Ucrania, el vencedor matemático (y jurídico) haya ganado por 2 puntos de diferencia. Independientemente de la inestabilidad social que pueda acarrear un país donde el 50% de origen ruso está a favor de un acercamiento hacia este país y el otro 50% alberga esperanza de la prosperidad que promete (y no llega) de la Unión Europea.
Si la crisis económica había golpeado con fuerza a los desdichados ucranianos, la supuesta estabilidad política que propone Yanukovich (el ganador de las elecciones con aproximadamente un 48% de los votantes) frente a la perdedora Timoshenko con aproximadamente un 46% del electorado. ¿Qué legitimidad social o ética supone este ajustado resultado donde sólo las matemáticas pueden esclarecer quién ha sido el ganador?.
La ciencia matemática es útil y necesaria pero nuestro sistema electoral tiene lagunas. La ley d’Hônt aunque en la mayoría de casos es autosuficiente, necesita de añadidos como las barreras electorales del 5% (¿por qué no el 2’789%?, por ejemplo). La mayoría suficiente o los pactos postelectorales antinatura no son peores que un presidente que ha ganado por un puñado de votos a la otra mitad de la población.
Algunos proponen listas abiertas. Una utopía en mi opinión. Otros partidos minoritarios bajar la barrera electoral al 3%. El Sr. Sancho de U.V., la Sra. Fuster de GIVAL o el Sr. Peris dels Verds han obtenido en pasadas elecciones más de 1000 votos y sin las actuales barreras artificiales (que sitúan la representación con alrededor de 1700 votos) hubieran sacado un concejal, cosa que a mi entender hubiera sido más que legítima.
Al final debemos decidir cuál es el sistema menos injusto. Unos dan poca estabilidad, otros perjudican a los partidos minoritarios, otros dan un peso diferente a ciudadanos de diferentes regiones, pero ninguno da una solución global.
Solución que, a mi entender, sólo puede comenzar desde la ciudadanía. Con una esfera pública activa cuyos actores se involucren y participen en la vida política, que reclamen sus derechos sociales, pero que cumplan con sus obligaciones para establecer una sociedad donde no pueda existir la tiranía de la mayoría, ni la espiral del silencio. Donde los representantes políticos no gobiernen, sino sea el mismo pueblo el que se autogobierne. Puede que nos quede mucho todavía, pero al menos debemos ponernos en el camino.
martes, 16 de marzo de 2010
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